Tras reflexionar en diversas ocasiones acerca del uso del lenguaje ligado a cuestiones de crianza, he llegado a la conclusión de que existen ciertas nociones mil veces repetidas que trastocan toda realidad. Una de ellas es la idea de mimar o consentir, de la cual me ocuparé en otro artículo.
Empiezo ahora por preguntarme "¿por qué tanta gente repite las mismas tonterías no procesadas del estilo llorar agranda los pulmones?". Las primeras veces que la oí, no pude evitar irritarme. ¿Cómo puede alguien creerse semejante tontería y, mucho menos, repetirla? Lamentablemente, no la oí tan solo una vez, ni siquiera un par o tres.
En un intento de argumentar la estupidez de tal dicho, pensaba en primer lugar en la poca credibilidad que tiene un enunciado como "llorar agranda los pulmones", y en el caso hipotético de que eso fuese verdad, ¿en qué iba a beneficiar a un bebé tener unos pulmones grandes en un tórax pequeñito?
Imaginaba que, en el mejor de los casos, la cargante repetición de dicha frase se debía a la voluntad de quitar importancia al hecho de que un bebé llore. En el mejor de los casos, repito, porqué en el peor podemos intuir la poca comprensión que existe hacia el llanto y la realidad de los bebés en general.
Los enunciados a que me refería al principio, repetidos hasta la saciedad por personas que, a mi parecer, nunca usaron sus cabezas para reflexionar sobre lo que dicen, ponen de manifiesto un código perpetuizado que justifica actitudes irrespetuosas para con l@s niñ@s.
Detrás del ejemplo irrelevante con que comenzaba mi reflexión, se esconde la creencia de que no existe necesidad de consolar el llanto; excusa para adultos disfrazada de beneficio para los bebés. Patrón que se repite en un sin número de otros casos.
No quisiera que se me tachase de no tener sentido del humor. Me imagino que muchas veces esta frase es dicha como un chiste... pero el mensaje está ahí y lo podríamos resumir como: no sólo no se intenta atender a las necesidades reales de los más pequeños, sino que posulamos que algo es por el bien de los pequeños cuando en realidad es por la comodidad de los adultos.
Veamos el caso del chupete, por ejemplo. De él se suele decir dos cosas, por lo general.
1) Que lo damos para evitar que se chupen el pulgar
2) Que actúa como calmante o ansiolítico
- Como refutación del primer argumento, cabe decir que el chupete se da en ocasiones en los primeros días del bebé -en el mejor de los casos, una vez ha cumplido un mes de vida-, cuando aún no se lleva las manos a la boca ni, por tanto, usa el pulgar como consuelo. Por otra parte, las manos, una vez descubiertas, son llevadas a la boca por prácticamente tod@s l@s bebés. Es normal que quieran experimentar su propio cuerpo. ¿Por qué ibamos a impedirlo? ¡Como si les hiciésemos un favor!
¿Por qué va a ser mejor chupar un plástico, impuesto a conveniencia del adulto, que el propio puño o pulgar a conveniencia del bebé?
- Como refutación del segundo argumento, el chupete actúa como calmante, sí, pero ¿porqué no vamos a la raíz de la ansiedad? Un bebé a quien se lleva en brazos gran parte del tiempo y a cuyas peticiones se atiende, no suele tener demasiada ansiedad. El chupete, no hay que olvidar, sustituye al pecho de la madre. Es muy posible que su auge se diera en tiempos en que la mayoría de bebés tomaba biberón. Sustituído el pecho como alimento, no hubo más remedio que encontrar otro sustituto del pecho como consuelo.
(Al llegar a este punto siento la tentación de alargar este escrito intentando dar respuesta a la pregunta "¿por qué parece casi tabú el uso del pecho como consuelo? A modo de respuesta rápida, me viene a la cabeza la relación problemática que tenemos los humanos con nuestro ser animal... pero desarrollar esa reflexión me llevaría otro artículo...)
A mi modo de ver, queda refutado que el chupete sea usado en beneficio del bebé, más aún si a las razones expuestas sumamos la clásica explicación de "el chupete lo podemos retirar cuando queramos, en cambio el pulgar lo tendrá siempre a mano -y nunca mejor dicho-". Si se me permite añadir, mi opinión es que este razonamiento tantas veces usado obedece a una manera poco respetuosa para con l@s niñ@s. Pretendemos que usen chupete a conveniencia nuestra y encima que lo dejen cuando nosotros queramos... ¡Menuda injusticia!
sábado, 7 de mayo de 2011
lunes, 25 de abril de 2011
Confiemos en nuestros bebés
Quién no se ha fijado en que al nacer los bebés tienen un claro instinto de supervivencia. Colocados sobre el pecho, buscan hasta encontrar el pezón de donde succionar; se agarran con fuerza a cualquier cosa que se les acerque a las manos para no caerse, duermen cuando están cansados y despiertan cuando tienen hambre. Observamos unos días más allá y muchos bebés lloran al ser colocados en una cuna, o bien se despiertan al poco rato de ser colocados en ella. En cambio, si son llevados en brazos o junto al cuerpo pueden pasarse horas durmiendo apaciblemente.
Muy pronto, en ocasiones ya al nacer, se les empieza a alterar su sabiduría instintiva. Se les da un chupete cuando lloran, se les retira del pecho cuando llevan demasiado rato o se han dormido, se les convence de que una superficie plana es el mejor sitio para dormir. Empieza ahí, en mi opinión, un proceso larguísimo de ir alejando a los bebés, más tarde a l@s niñ@s de un saber innato que al llegar a la edad adulta hemos perdido por completo.
Confiar en nuestros bebés es la mejor guía para cuidar de ell@s. Confiemos en que se retirarán del pecho cuando su hambre -física o emocional- esté saciada. Confiemos en que no van a llorar por capricho, sinó como expresión de alo que pasa.
Esta confianza puede enseñarnos muchísimo. Ellos saben, mejor que nadie, lo que les conviene, pero hay que estar dispuestos a escuchar, observar y ser pacientes.
Muy pronto, en ocasiones ya al nacer, se les empieza a alterar su sabiduría instintiva. Se les da un chupete cuando lloran, se les retira del pecho cuando llevan demasiado rato o se han dormido, se les convence de que una superficie plana es el mejor sitio para dormir. Empieza ahí, en mi opinión, un proceso larguísimo de ir alejando a los bebés, más tarde a l@s niñ@s de un saber innato que al llegar a la edad adulta hemos perdido por completo.
Confiar en nuestros bebés es la mejor guía para cuidar de ell@s. Confiemos en que se retirarán del pecho cuando su hambre -física o emocional- esté saciada. Confiemos en que no van a llorar por capricho, sinó como expresión de alo que pasa.
Esta confianza puede enseñarnos muchísimo. Ellos saben, mejor que nadie, lo que les conviene, pero hay que estar dispuestos a escuchar, observar y ser pacientes.
sábado, 23 de abril de 2011
De nuestra "mamiferidad"
Dejadme explorar libremente una sensación, sin que haya necesidad de poner nombres a las cosas ni escribir en forma de artículo.
Somos mamíferos y eso, si bien antes de ser madre me parecía poco relevante, al tener a mi primera hija se me presentó como algo esencial.
Cuando alguien se acercaba a mi bebé, todo mi cuerpo se ponía en alerta, sobre todo los primeros días. No toleraba demasiado la idea de que alguien la cogiese en brazos. Digo la idea, y no el hecho, porque no dejé que la cogieran hasta más adelante. Un hecho curioso que me hizo notar mi "mamiferidad", que exhudaba por todos los poros de mi cuerpo, fue identificar que la sensación amenazante era mayor cuanto más distante era mi relación con la persona que quería cogerla. Si bien encontré bastante natural cuando mi hermana, que prácticamente me crió a mí, la tomó en brazos al tercer día de haber nacido; a cada intento de algún miembro de mi familia política de hacer lo mismo, me asaltaba la intranquilidad. Es natural. El vínculo que nos une a las personas que forman nuestra familia política es puramente accidental. Podríamos no haberlas conocido nunca. Al nacer un hijo que lleva genes de éstos que fueron antes unos desconocidos se crea una tensión. Por un lado, los familiares del padre de la criatura sienten que el nuevo ser es de su clan. La madre, en cambio, que los siente como desconocidos, desearía que se mantuviesen más lejos. Y ahí se genera una contradicción que a menudo es vivida por la madre como malestar. Malestar ante una sensación que le viene de nuevo y la hace sentir más loba o leona que humana. Malestar ante el malestar del padre de la cría, quien sí tiene vínculos genéticos con los que la madre siente como amenaza y que además no ha pasado por la brutal experiencia mamífera que generalmente supone un parto. El padre no siempre comprende fácilmente la sensación de la madre. Malestar, en definitiva, porque lo que estaría bien visto desde un punto de vista de nuestra cultura humana occidental -dejar que otros toquen y cojan al bebé, etc.- se siente como algo impuesto, artificial y amenazante.
Las sensaciones de amenaza y posesión, aquello que en nuestro origen mamífero fuera protección instintiva de la cría, pueden resultar incomodantes. Nuestra sociedad tiene enraizada una forma de maternar mucho más basada en una racionalidad de la que no entiende la mujer recién parida. Lo primero y lo segundo pueden hacer fácilmente que la madre se sienta mal, como si a cada momento la acechase un peligro u otro.
Somos mamíferos y eso, si bien antes de ser madre me parecía poco relevante, al tener a mi primera hija se me presentó como algo esencial.
Cuando alguien se acercaba a mi bebé, todo mi cuerpo se ponía en alerta, sobre todo los primeros días. No toleraba demasiado la idea de que alguien la cogiese en brazos. Digo la idea, y no el hecho, porque no dejé que la cogieran hasta más adelante. Un hecho curioso que me hizo notar mi "mamiferidad", que exhudaba por todos los poros de mi cuerpo, fue identificar que la sensación amenazante era mayor cuanto más distante era mi relación con la persona que quería cogerla. Si bien encontré bastante natural cuando mi hermana, que prácticamente me crió a mí, la tomó en brazos al tercer día de haber nacido; a cada intento de algún miembro de mi familia política de hacer lo mismo, me asaltaba la intranquilidad. Es natural. El vínculo que nos une a las personas que forman nuestra familia política es puramente accidental. Podríamos no haberlas conocido nunca. Al nacer un hijo que lleva genes de éstos que fueron antes unos desconocidos se crea una tensión. Por un lado, los familiares del padre de la criatura sienten que el nuevo ser es de su clan. La madre, en cambio, que los siente como desconocidos, desearía que se mantuviesen más lejos. Y ahí se genera una contradicción que a menudo es vivida por la madre como malestar. Malestar ante una sensación que le viene de nuevo y la hace sentir más loba o leona que humana. Malestar ante el malestar del padre de la cría, quien sí tiene vínculos genéticos con los que la madre siente como amenaza y que además no ha pasado por la brutal experiencia mamífera que generalmente supone un parto. El padre no siempre comprende fácilmente la sensación de la madre. Malestar, en definitiva, porque lo que estaría bien visto desde un punto de vista de nuestra cultura humana occidental -dejar que otros toquen y cojan al bebé, etc.- se siente como algo impuesto, artificial y amenazante.
Las sensaciones de amenaza y posesión, aquello que en nuestro origen mamífero fuera protección instintiva de la cría, pueden resultar incomodantes. Nuestra sociedad tiene enraizada una forma de maternar mucho más basada en una racionalidad de la que no entiende la mujer recién parida. Lo primero y lo segundo pueden hacer fácilmente que la madre se sienta mal, como si a cada momento la acechase un peligro u otro.
miércoles, 20 de abril de 2011
Lo que a mí me ha funcionado
En los inicios de relación con mi bebé no me planteaba en ningún momento el tan temido cuento de "si se acostumbra a... luego siempre querrá...". De hecho, toda la parafernalia del "si se acostumbran" me parece una soberana tontería. El ser humano es un animal muy adaptable, me parece a mí. Cuanto más los cachorros de humano... En fin, que no me daba ningún temor cuando voces consejeras alguna vez me habían dicho, con cierto tono involuntario de superioridad: "Ah, es que la habéis acostumbrado a dormir en brazos." En realidad, por una cuestión de matices, más que en brazos era al pecho que se dormía, y claro, como de día no nos ibamos a ir estirando por ahí, lo que esas voces consejeras veían era que se dormía en brazos. Haré un alto para decir que una vez dormida, la dejaba en brazos, a no ser que tuviese que hacer algo urgente que requiriese los dos brazos. Por la noche, cuando los opiniólogos están en sus casas y no nos ven, mi hijita se dormía al pecho pero ya estirada en la cama, por lo que era muy fácil salir de puntitas de la habitación y la noche estiraba su manto.
A punto de llegar a los cuatro meses, mi hija acaba de mamar y se retira tranquila. Le canto una canción y en un santiamén se duerme feliz y solita. Esta experiencia me confirma, de alguna manera, que el temor de que los bebés se acostumbren a algo es infundado. Tal vez somos los adultos los que necesitamos que se acostumbren a algo (cuna, chupete, etc.)...
A punto de llegar a los cuatro meses, mi hija acaba de mamar y se retira tranquila. Le canto una canción y en un santiamén se duerme feliz y solita. Esta experiencia me confirma, de alguna manera, que el temor de que los bebés se acostumbren a algo es infundado. Tal vez somos los adultos los que necesitamos que se acostumbren a algo (cuna, chupete, etc.)...
lunes, 11 de abril de 2011
Reviviendo mi parto (texto en catalán)
Contra tota expectativa, el dia 20 de desembre de 2010 vaig anar a impartir un club de lectura a la biblioteca de Rubí. Feia temps que tenia preparada la substitució però com que encara seguia embarassada, vaig decidir anar-hi jo. Es tractava, d'altra banda, de l'últim compromís laboral de l'any abans de les vacances de nadal. Un cop fet, la meva ment relaxada va enviar un senyal poderós de que ja es podia desencadenar el part.
Poques hores després de tornar de Rubí, van començar les contraccions, que vaig rebre molt contenta. Al principi eren cada mitja hora més o menys i jo anava meditant, respirant, sentint que tot anava molt bé. Vaig cantar-los-hi un mantra repetidament, el mantra del Punjab que em va ensenyar la meva amiga Celia, el mateix que he cantat després per calmar a la meva filla. Vaig estar relaxada però aquella nit de dilluns gairebé no vaig dormir gens.
Al matí de dimarts, amb calma, vam decidir anar tirant cap a l'hospital. Feia un dels dies més grisos de tot l'any, d'una pluja tempestiva, i anàvem tranquils i feliços. Durant la primera etapa les contraccions no duraven més de trenta segons i no eren massa doloroses. Vam arribar a l'hospital cap a les 14 i després d'un parell d'hores vam marxar perquè encara no estava dilatant. La resta del dia i la nit de dimarts van ser una continuació "in crescendo" dels símptomes. Les contraccions, però, quals trons de la tempesta, no es feien regulars del tot. No s'hi van fer mai, ni ja en el part en si.
Estàvem a la casa on vaig viure de nena, amb la meva mare i les meves nevodes. Després de sopar una mica vam fer gimnàstica i em venia de gust alguna cosa comfortant. Vam fer xocolata desfeta, que després vomitaria.
Les contraccions patides al llit de la meva habitació de Mataró es van fer insuportables. Me'n vaig anar al sofà. Vaig vomitar un parell de cops. El dia va començar a aixecar el vol...i quan entrava claror pel balcó, jo estava asseguda al sofà, gairebé levitant. Algunes contraccions duraven fins a tres minuts i s'encadenaven una amb una altra, com els trons quan la tempesta s'apropa, deixant-me gairebé sense descans.
Quan es va llevar a les vuit, la meva mare -gran paridora- va dir que ja feia masses hores que estava així i que havíem de marxar a l'hospital.
Gairebé 9 del matí. Em vaig aixecar del sofà on havia deixat el seient ple de líquid sanguinolent. La meva mare em va donar un mocador, un drap per al seient del cotxe i una toballola i tremolant, vam anar cap al cotxe el meu amor i jo. Les contraccions eren tan poderoses que gairebé no podia entrar al cotxe. Un cop a l'hospital vam tornar a veure més o menys les mateixes cares que el dia anterior.
Em vaig trobar amb un equip realment meravellós. Estava ja dilatada d'uns 9 cm. i em van dir que tenia poca estona per decidir si voldria epidural. Va ser com jo havia planificat i desitjat. Vaig tenir força per dir que ho provaria sense. La llevadora resident que va portar el part -Anna Calvo- era molt agradable i prudent. La segona llevadora, de més edat -Marisa- em va donar moltíssim suport i em va animar en tot moment. Gràcies a que m'animaven i que el meu amor va estar amb mi en tot moment, ho vaig poder fer tan bé.
A les 9.30 em posaven una primera dosi per a l'estreptococo. Si no hagués estat per això, hauria sigut un part molt més ràpid. Estava dreta a la sala de parts, apretant la mà d'en Joan i vaig vomitar un cop. Em van portar una esterilla calenta per al mal de ronyons.
Mentre anaven traient boles al sorteig de nadal, el meu part anava avançant. La ginecòloga va donar permís perquè adelantessin la segona dosi d'antibiòtic. Algú em va treure les olleres.
Anava passant el temps, cavalcant entre contraccions fins que va arribar l'hora desitjada. Trencada la bossa, en cada contracció podia empènyer. D'aquesta manera el dolor es va alleugerir molt.
Em deien que ho estava fent molt bé i que la bebè també ho feia molt bé. Va arribar la meva germana infermera, la ginecòloga. Van posar-me un mirall i es podia veure el cabell castany de la meva nena. Llavors vaig tancar els ulls per empènyer i empènyer. I poc abans de les 2, en un pujo que la ginecòloga havia dit que seria l'últim si ho fèiem bé, va sortir disparada la peque.
Poques hores després de tornar de Rubí, van començar les contraccions, que vaig rebre molt contenta. Al principi eren cada mitja hora més o menys i jo anava meditant, respirant, sentint que tot anava molt bé. Vaig cantar-los-hi un mantra repetidament, el mantra del Punjab que em va ensenyar la meva amiga Celia, el mateix que he cantat després per calmar a la meva filla. Vaig estar relaxada però aquella nit de dilluns gairebé no vaig dormir gens.
Al matí de dimarts, amb calma, vam decidir anar tirant cap a l'hospital. Feia un dels dies més grisos de tot l'any, d'una pluja tempestiva, i anàvem tranquils i feliços. Durant la primera etapa les contraccions no duraven més de trenta segons i no eren massa doloroses. Vam arribar a l'hospital cap a les 14 i després d'un parell d'hores vam marxar perquè encara no estava dilatant. La resta del dia i la nit de dimarts van ser una continuació "in crescendo" dels símptomes. Les contraccions, però, quals trons de la tempesta, no es feien regulars del tot. No s'hi van fer mai, ni ja en el part en si.
Estàvem a la casa on vaig viure de nena, amb la meva mare i les meves nevodes. Després de sopar una mica vam fer gimnàstica i em venia de gust alguna cosa comfortant. Vam fer xocolata desfeta, que després vomitaria.
Les contraccions patides al llit de la meva habitació de Mataró es van fer insuportables. Me'n vaig anar al sofà. Vaig vomitar un parell de cops. El dia va començar a aixecar el vol...i quan entrava claror pel balcó, jo estava asseguda al sofà, gairebé levitant. Algunes contraccions duraven fins a tres minuts i s'encadenaven una amb una altra, com els trons quan la tempesta s'apropa, deixant-me gairebé sense descans.
Quan es va llevar a les vuit, la meva mare -gran paridora- va dir que ja feia masses hores que estava així i que havíem de marxar a l'hospital.
Gairebé 9 del matí. Em vaig aixecar del sofà on havia deixat el seient ple de líquid sanguinolent. La meva mare em va donar un mocador, un drap per al seient del cotxe i una toballola i tremolant, vam anar cap al cotxe el meu amor i jo. Les contraccions eren tan poderoses que gairebé no podia entrar al cotxe. Un cop a l'hospital vam tornar a veure més o menys les mateixes cares que el dia anterior.
Em vaig trobar amb un equip realment meravellós. Estava ja dilatada d'uns 9 cm. i em van dir que tenia poca estona per decidir si voldria epidural. Va ser com jo havia planificat i desitjat. Vaig tenir força per dir que ho provaria sense. La llevadora resident que va portar el part -Anna Calvo- era molt agradable i prudent. La segona llevadora, de més edat -Marisa- em va donar moltíssim suport i em va animar en tot moment. Gràcies a que m'animaven i que el meu amor va estar amb mi en tot moment, ho vaig poder fer tan bé.
A les 9.30 em posaven una primera dosi per a l'estreptococo. Si no hagués estat per això, hauria sigut un part molt més ràpid. Estava dreta a la sala de parts, apretant la mà d'en Joan i vaig vomitar un cop. Em van portar una esterilla calenta per al mal de ronyons.
Mentre anaven traient boles al sorteig de nadal, el meu part anava avançant. La ginecòloga va donar permís perquè adelantessin la segona dosi d'antibiòtic. Algú em va treure les olleres.
Anava passant el temps, cavalcant entre contraccions fins que va arribar l'hora desitjada. Trencada la bossa, en cada contracció podia empènyer. D'aquesta manera el dolor es va alleugerir molt.
Em deien que ho estava fent molt bé i que la bebè també ho feia molt bé. Va arribar la meva germana infermera, la ginecòloga. Van posar-me un mirall i es podia veure el cabell castany de la meva nena. Llavors vaig tancar els ulls per empènyer i empènyer. I poc abans de les 2, en un pujo que la ginecòloga havia dit que seria l'últim si ho fèiem bé, va sortir disparada la peque.
lunes, 4 de abril de 2011
Sustitutos de la madre
A menudo ocurre que antes de tener una experiencia en carne propia no somos capaces ni de imaginar lo que será. En mi caso, antes de la maternidad no había cuestionado la existencia de objetos que en el imaginario colectivo (moderno) se presuponen como inherentes a la infancia: cunas, cochecitos, biberones, chupetes... De hecho, aunque no había comprado prácticamente nada para el bebé que iba a tener, me habían pasado y regalado muchas cosas, entre ellas más de un moisés. Cual sorpresa no fue para mí descubrir que mi instinto me guiaba más que cualquier forma de crianza perpetuada por los medios modernos (la tele básicamente). Desde el primer contacto con mi hija, supe que no iba a utilizar un chupete ni un biberón, ambos sustitutos de la madre. A base de experiencia, unas semanas más tarde descubrí que tampoco deseaba usar el cochecito ni el moisés. Un portabebés y nuestra cama eran ideales. El contacto contínuo con mi hija era además de una necesidad fruto del deseo.
Empecé a plantearme entonces porqué tantos objetos relacionados con la infancia parecen imperiosamente necesarios y se ven por doquier. El bebé es feliz succionando. La teta está diseñada por la naturaleza para esa función. La necesidad de alimento la puede colmar la teta, la necesidad de succión también. ¿Por qué entonces parece que no pueda haber bebé sin chupete y/o biberón?
En mi opinión, en primer lugar, porqué se nos han vendido desde hace años las ideas de independencia y liberación. Niños autónomos, madres independientes, liberadas... Todo ello una trampa enorme ya que no hay niño autónomo si no se ha satisfacido antes sus necesidades de dependencia. No hay madre liberada si acaba viendo en los que la sustituyen (ya sean personas u objetos) figuras que le arrebatan una parte de su ser.
En segundo lugar, porqué en un mundo capitalista-consumista se tiene que vender y qué sería el mercado si todos los padres que tienen un bebé se negasen a comprar chupetes, biberones, leche en polvo, cochecitos, cunas... (y actualmente incluso vacunas adicionales).
Personalmente, que iba a prescindir totalmente de los sustitutos de la teta se me presentó como una visión clara y nítida al principio mismo del postparto. Ahora, pasados tres meses del nacimiento de mi hija, puedo decir firmemente que de los sustitutos de los brazos y del contacto físico también prescindo.
En tercer y último lugar, y este lo digo en voz un poquito más baja, porqué alrededor de la crianza de un hijo hay muchos opiniólogos que con sus consejos no solicitados incitan a madres y padres jóvenes a creer que los sustitutos de la madre son necesarios. Necesidades creadas, vaya...
viernes, 1 de abril de 2011
El colecho como deseo y no como claudicación
Muchas veces oigo testimonios de madres que dicen dejar dormir a sus hijos en sus camas por cansancio. "Estoy tan cansada que ya no le llevo a la cuna". "He claudicado, ya paso de intentar dormirl@ en su cuna...". No fue así la manera como yo descubrí eso que llaman colecho y me gustaría compartirlo con vosotros porque estoy segura que mi caso no es único.
Estando embarazada me llegaron a ofrecer hasta cinco cunitas y dos cunas. Totalmente desconecedora del instinto que iba a descubrir al dar a luz, ofrecí tres, una para casa de mis padres, otra para casa de mis suegros y la tercera para nuestra casa... Toda la vida había visto cunas y sabido de bebés que duermen solitos detrás de barrotes que me recordaban más a una cárcel que a otra cosa. Ahora me sorprende lo poco que cuestioné el objeto cuna. Y me sorprende sobre todo porque siempre he tenido una vena cuestionadora. La maternidad ha sido para mí como una puerta que se abre al instinto.
Lo más natural, desde el primer día, nos pareció que nuestra querida pequeña durmiese con nosotros. Tras algunas semanas, no obstante, pensé que tal vez deberíamos probar la cunita... para qué sinó la teníamos... y así empecé a llevar a la cunita a mi hija cuando se dormía y a ir a buscarla cuando se despertaba para mamar. Mi bebé, como todos los demás, imagino, se despertaba nada más aterrizar en la cuna, tan bien como se está en los brazos... y eso me hizo pensar que despertarse en un lugar diferentes al que te has dormido debe producir inevitablemente una sensación de confusión. Luego estaba mi sensación de vacío al tenerla durmiendo en su cunita bajo la ventana de la habitación y yo tan lejos... Ella, pobrecita, no se quejaba, no lloraba, pero eso aún me hacía sentir con más fuerza que el lugar que yo deseaba para ella era junto a mí.
La placidez con que dormía junto a mí tras haber mamado un día a la hora de la siesta me hizo darme cuenta de que si tanto mi deseo como el suyo parecían coincidir porqué seguir llevándola a su cunita a dormir.
Desde ese día, nuestra pequeña, duerme con nosotros. ¡Y qué maravilla mirarla dormir!
Etiquetas:
experiencia personal,
opciones de crianza
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