Con frecuencia, por desgracia con demasiada frecuencia me comentan qué bien que se porta mi hija.
"¿Es buena, verdad?" me dicen; o "¿se porta muy bien, verdad?"
Mi cara de "pócker" al oir estas frases supongo que pasa desapercibida, al igual que el hecho que nunca corroboro la frase sino que le doy la vuelta sutilmente y digo "bueno, casi siempre está contenta".
En realidad no creo que haya niños buenos y malos, ni que haya quien tiene suerte de que le haya salido bueno, etc. No comparto la idea de que por llorar un bebé sea malo. De hecho, al plantearlo así vemos claramente que eso suena aberrante. Los bebés son seres pequeñitos con necesidades y sin más lenguaje que el llanto, la sonrisa, las expresiones del malestar o bienestar.
Desde que nació, cuando mi hija llora intento comprender a qué se debe, lo intento solucionar, la consuelo. A medida que ha ido creciendo se nota como la seguridad de que su malestar encontrará consuelo ha aumentado de manera que si se despierta, por ejemplo, y no hay nadie a su lado, se queda tranquilamente esperando a que vaya a verla. Valga decir que esto ocurre muy pocas veces, casi siempre estoy a su lado cuando abre los ojos.
Mi experiencia me ha enseñado que atender a las necesidades del bebé en los primeros meses es una inversión muy grande para la posterior tranquilidad del bebé.
¿Bebés buenos y bebés malos? No lo creo... más bien me parecería que hay bebés a quienes se ha intentado comprender y bebés incomprendidos.
domingo, 14 de agosto de 2011
viernes, 3 de junio de 2011
Lo entenderás cuando seas mamá
Sabido es que uno de los beneficios del colecho en los primeros meses de un bebé es que el patrón de su respiración se regulariza por imitación del de su madre. Otro beneficio es el menor riesgo de SMS (síndrome de muerte súbita) ya que el bebé no entra en fases del sueño muy profundas, que es cuando más riesgo existe.
Detractores del colecho argumentan la incomodidad de dormir junto al bebé como uno de los motivos por los cuales no practicarlo. Cierto es que algunas madres colechadoras, entre las que me cuento, duermen a trompicones; no se duermen mientras el bebé está mamando, van al baño antes y/o después, se levantan a beber agua, se aseguran de que el bebé esté bien tapado pero no con la manta sobre el rostro, etc. Oyendo tal lista casi disuadiría a casi cualquiera de dormir junto a su bebé. No era mi intención.
Si la solución a dormir poco y con interrupciones fuese poner al bebé a dormir separad@ ya lo habría hecho, a mi pesar, valga añadirlo, ya que nuestro motivo básico para dormir juntos (incluyo al papá en esto) fue un deseo de estar juntos más tiempo.
A mi parecer, las molestias que he mencionado no son más que accidentales, hay noches mejores y noches peores. Lo que realmente ha cambiado mi patrón de sueño no ha sido el colecho sino la maternidad. Es ser madre lo que hace que duerma con un ojo abierto y otro cerrado, por si acaso. Es la fusión con mi bebé lo que hace que tosa si ella se atraganta y me despierte de repente si ella tiene una apnea más larga de lo habitual. Es ser madre lo que hace que si se queja en sueños no pueda ignorar su queja, darme la vuelta y seguir roncando. Todas estas razones, y otras que me dejo en el tintero, hacen que crea que poner a mi hija a dormir en una cuna o en otra habitación no se ajusten a nuestras necesidades ni a nuestros deseos. Si además de despertarme, cosa inevitable, tuviese que levantarme e ir a otra habitación, entonces ya no valdría la pena ni intentar dormir un rato...
Soy consciente que esta es mi experiencia concreta pero imagino que no soy la única que siente así.
Detractores del colecho argumentan la incomodidad de dormir junto al bebé como uno de los motivos por los cuales no practicarlo. Cierto es que algunas madres colechadoras, entre las que me cuento, duermen a trompicones; no se duermen mientras el bebé está mamando, van al baño antes y/o después, se levantan a beber agua, se aseguran de que el bebé esté bien tapado pero no con la manta sobre el rostro, etc. Oyendo tal lista casi disuadiría a casi cualquiera de dormir junto a su bebé. No era mi intención.
Si la solución a dormir poco y con interrupciones fuese poner al bebé a dormir separad@ ya lo habría hecho, a mi pesar, valga añadirlo, ya que nuestro motivo básico para dormir juntos (incluyo al papá en esto) fue un deseo de estar juntos más tiempo.
A mi parecer, las molestias que he mencionado no son más que accidentales, hay noches mejores y noches peores. Lo que realmente ha cambiado mi patrón de sueño no ha sido el colecho sino la maternidad. Es ser madre lo que hace que duerma con un ojo abierto y otro cerrado, por si acaso. Es la fusión con mi bebé lo que hace que tosa si ella se atraganta y me despierte de repente si ella tiene una apnea más larga de lo habitual. Es ser madre lo que hace que si se queja en sueños no pueda ignorar su queja, darme la vuelta y seguir roncando. Todas estas razones, y otras que me dejo en el tintero, hacen que crea que poner a mi hija a dormir en una cuna o en otra habitación no se ajusten a nuestras necesidades ni a nuestros deseos. Si además de despertarme, cosa inevitable, tuviese que levantarme e ir a otra habitación, entonces ya no valdría la pena ni intentar dormir un rato...
Soy consciente que esta es mi experiencia concreta pero imagino que no soy la única que siente así.
lunes, 16 de mayo de 2011
Contradicciones de la vida
Las mismas personas que quieren que sus hij@s sean autónomos o independientes, como se insiste en llamarlo, son las que les manipulan de un lado para otro, sin preguntárles su opinión; les traen y les llevan, sin más. Acostumbra a pasar que quien manifiesta querer que su bebé duerma solit@, y sea por tanto independiente, no le permite ninguna independencia a la hora de comer y le mete una papilla casi a la fuerza.
El argumento de la autonomía ha sido dado a veces como explicación de porqué no se debía acostumbrar un bebé a estar en brazos, a dormir con sus padres, a mamar a demanda...
Muchísimas personas criadas a la manera del "para que no se acostumbren" somos las que hoy en día poblamos el mundo y, me pregunto: ¿Somos personas confiadas, autónomas y con motivaciones internas muy arraigadas, o más bien sufrimos de inseguridades y temores?
El apego seguro o lo que tal vez se entiende mejor: amor y afecto incondicional durante la crianza hace a seres más felices. La base: un afecto y un cuerpo a cuerpo casi total durante los primeros meses, sostén y confianza en nuestros bebés y su instinto; amor, amor y amor.
No se necesita estudios, simplemente ver a niños y niñas que son criados así. Ayer, domingo 15 de mayo, tuve la oportunidad de ver a un buen montón de niñ@s así en la fiesta de Moixaina en Valldoreix. Me encantaría tener una bola de cristal y ver cómo serán en el futuro, pero estoy bastante convencida que serán adultos sanos y felices, con una seguridad en sí mism@s y en las posibilidades que hay a nuestro alrededor.
El argumento de la autonomía ha sido dado a veces como explicación de porqué no se debía acostumbrar un bebé a estar en brazos, a dormir con sus padres, a mamar a demanda...
Muchísimas personas criadas a la manera del "para que no se acostumbren" somos las que hoy en día poblamos el mundo y, me pregunto: ¿Somos personas confiadas, autónomas y con motivaciones internas muy arraigadas, o más bien sufrimos de inseguridades y temores?
El apego seguro o lo que tal vez se entiende mejor: amor y afecto incondicional durante la crianza hace a seres más felices. La base: un afecto y un cuerpo a cuerpo casi total durante los primeros meses, sostén y confianza en nuestros bebés y su instinto; amor, amor y amor.
No se necesita estudios, simplemente ver a niños y niñas que son criados así. Ayer, domingo 15 de mayo, tuve la oportunidad de ver a un buen montón de niñ@s así en la fiesta de Moixaina en Valldoreix. Me encantaría tener una bola de cristal y ver cómo serán en el futuro, pero estoy bastante convencida que serán adultos sanos y felices, con una seguridad en sí mism@s y en las posibilidades que hay a nuestro alrededor.
sábado, 7 de mayo de 2011
El mundo al revés
Tras reflexionar en diversas ocasiones acerca del uso del lenguaje ligado a cuestiones de crianza, he llegado a la conclusión de que existen ciertas nociones mil veces repetidas que trastocan toda realidad. Una de ellas es la idea de mimar o consentir, de la cual me ocuparé en otro artículo.
Empiezo ahora por preguntarme "¿por qué tanta gente repite las mismas tonterías no procesadas del estilo llorar agranda los pulmones?". Las primeras veces que la oí, no pude evitar irritarme. ¿Cómo puede alguien creerse semejante tontería y, mucho menos, repetirla? Lamentablemente, no la oí tan solo una vez, ni siquiera un par o tres.
En un intento de argumentar la estupidez de tal dicho, pensaba en primer lugar en la poca credibilidad que tiene un enunciado como "llorar agranda los pulmones", y en el caso hipotético de que eso fuese verdad, ¿en qué iba a beneficiar a un bebé tener unos pulmones grandes en un tórax pequeñito?
Imaginaba que, en el mejor de los casos, la cargante repetición de dicha frase se debía a la voluntad de quitar importancia al hecho de que un bebé llore. En el mejor de los casos, repito, porqué en el peor podemos intuir la poca comprensión que existe hacia el llanto y la realidad de los bebés en general.
Los enunciados a que me refería al principio, repetidos hasta la saciedad por personas que, a mi parecer, nunca usaron sus cabezas para reflexionar sobre lo que dicen, ponen de manifiesto un código perpetuizado que justifica actitudes irrespetuosas para con l@s niñ@s.
Detrás del ejemplo irrelevante con que comenzaba mi reflexión, se esconde la creencia de que no existe necesidad de consolar el llanto; excusa para adultos disfrazada de beneficio para los bebés. Patrón que se repite en un sin número de otros casos.
No quisiera que se me tachase de no tener sentido del humor. Me imagino que muchas veces esta frase es dicha como un chiste... pero el mensaje está ahí y lo podríamos resumir como: no sólo no se intenta atender a las necesidades reales de los más pequeños, sino que posulamos que algo es por el bien de los pequeños cuando en realidad es por la comodidad de los adultos.
Veamos el caso del chupete, por ejemplo. De él se suele decir dos cosas, por lo general.
1) Que lo damos para evitar que se chupen el pulgar
2) Que actúa como calmante o ansiolítico
- Como refutación del primer argumento, cabe decir que el chupete se da en ocasiones en los primeros días del bebé -en el mejor de los casos, una vez ha cumplido un mes de vida-, cuando aún no se lleva las manos a la boca ni, por tanto, usa el pulgar como consuelo. Por otra parte, las manos, una vez descubiertas, son llevadas a la boca por prácticamente tod@s l@s bebés. Es normal que quieran experimentar su propio cuerpo. ¿Por qué ibamos a impedirlo? ¡Como si les hiciésemos un favor!
¿Por qué va a ser mejor chupar un plástico, impuesto a conveniencia del adulto, que el propio puño o pulgar a conveniencia del bebé?
- Como refutación del segundo argumento, el chupete actúa como calmante, sí, pero ¿porqué no vamos a la raíz de la ansiedad? Un bebé a quien se lleva en brazos gran parte del tiempo y a cuyas peticiones se atiende, no suele tener demasiada ansiedad. El chupete, no hay que olvidar, sustituye al pecho de la madre. Es muy posible que su auge se diera en tiempos en que la mayoría de bebés tomaba biberón. Sustituído el pecho como alimento, no hubo más remedio que encontrar otro sustituto del pecho como consuelo.
(Al llegar a este punto siento la tentación de alargar este escrito intentando dar respuesta a la pregunta "¿por qué parece casi tabú el uso del pecho como consuelo? A modo de respuesta rápida, me viene a la cabeza la relación problemática que tenemos los humanos con nuestro ser animal... pero desarrollar esa reflexión me llevaría otro artículo...)
A mi modo de ver, queda refutado que el chupete sea usado en beneficio del bebé, más aún si a las razones expuestas sumamos la clásica explicación de "el chupete lo podemos retirar cuando queramos, en cambio el pulgar lo tendrá siempre a mano -y nunca mejor dicho-". Si se me permite añadir, mi opinión es que este razonamiento tantas veces usado obedece a una manera poco respetuosa para con l@s niñ@s. Pretendemos que usen chupete a conveniencia nuestra y encima que lo dejen cuando nosotros queramos... ¡Menuda injusticia!
Empiezo ahora por preguntarme "¿por qué tanta gente repite las mismas tonterías no procesadas del estilo llorar agranda los pulmones?". Las primeras veces que la oí, no pude evitar irritarme. ¿Cómo puede alguien creerse semejante tontería y, mucho menos, repetirla? Lamentablemente, no la oí tan solo una vez, ni siquiera un par o tres.
En un intento de argumentar la estupidez de tal dicho, pensaba en primer lugar en la poca credibilidad que tiene un enunciado como "llorar agranda los pulmones", y en el caso hipotético de que eso fuese verdad, ¿en qué iba a beneficiar a un bebé tener unos pulmones grandes en un tórax pequeñito?
Imaginaba que, en el mejor de los casos, la cargante repetición de dicha frase se debía a la voluntad de quitar importancia al hecho de que un bebé llore. En el mejor de los casos, repito, porqué en el peor podemos intuir la poca comprensión que existe hacia el llanto y la realidad de los bebés en general.
Los enunciados a que me refería al principio, repetidos hasta la saciedad por personas que, a mi parecer, nunca usaron sus cabezas para reflexionar sobre lo que dicen, ponen de manifiesto un código perpetuizado que justifica actitudes irrespetuosas para con l@s niñ@s.
Detrás del ejemplo irrelevante con que comenzaba mi reflexión, se esconde la creencia de que no existe necesidad de consolar el llanto; excusa para adultos disfrazada de beneficio para los bebés. Patrón que se repite en un sin número de otros casos.
No quisiera que se me tachase de no tener sentido del humor. Me imagino que muchas veces esta frase es dicha como un chiste... pero el mensaje está ahí y lo podríamos resumir como: no sólo no se intenta atender a las necesidades reales de los más pequeños, sino que posulamos que algo es por el bien de los pequeños cuando en realidad es por la comodidad de los adultos.
Veamos el caso del chupete, por ejemplo. De él se suele decir dos cosas, por lo general.
1) Que lo damos para evitar que se chupen el pulgar
2) Que actúa como calmante o ansiolítico
- Como refutación del primer argumento, cabe decir que el chupete se da en ocasiones en los primeros días del bebé -en el mejor de los casos, una vez ha cumplido un mes de vida-, cuando aún no se lleva las manos a la boca ni, por tanto, usa el pulgar como consuelo. Por otra parte, las manos, una vez descubiertas, son llevadas a la boca por prácticamente tod@s l@s bebés. Es normal que quieran experimentar su propio cuerpo. ¿Por qué ibamos a impedirlo? ¡Como si les hiciésemos un favor!
¿Por qué va a ser mejor chupar un plástico, impuesto a conveniencia del adulto, que el propio puño o pulgar a conveniencia del bebé?
- Como refutación del segundo argumento, el chupete actúa como calmante, sí, pero ¿porqué no vamos a la raíz de la ansiedad? Un bebé a quien se lleva en brazos gran parte del tiempo y a cuyas peticiones se atiende, no suele tener demasiada ansiedad. El chupete, no hay que olvidar, sustituye al pecho de la madre. Es muy posible que su auge se diera en tiempos en que la mayoría de bebés tomaba biberón. Sustituído el pecho como alimento, no hubo más remedio que encontrar otro sustituto del pecho como consuelo.
(Al llegar a este punto siento la tentación de alargar este escrito intentando dar respuesta a la pregunta "¿por qué parece casi tabú el uso del pecho como consuelo? A modo de respuesta rápida, me viene a la cabeza la relación problemática que tenemos los humanos con nuestro ser animal... pero desarrollar esa reflexión me llevaría otro artículo...)
A mi modo de ver, queda refutado que el chupete sea usado en beneficio del bebé, más aún si a las razones expuestas sumamos la clásica explicación de "el chupete lo podemos retirar cuando queramos, en cambio el pulgar lo tendrá siempre a mano -y nunca mejor dicho-". Si se me permite añadir, mi opinión es que este razonamiento tantas veces usado obedece a una manera poco respetuosa para con l@s niñ@s. Pretendemos que usen chupete a conveniencia nuestra y encima que lo dejen cuando nosotros queramos... ¡Menuda injusticia!
lunes, 25 de abril de 2011
Confiemos en nuestros bebés
Quién no se ha fijado en que al nacer los bebés tienen un claro instinto de supervivencia. Colocados sobre el pecho, buscan hasta encontrar el pezón de donde succionar; se agarran con fuerza a cualquier cosa que se les acerque a las manos para no caerse, duermen cuando están cansados y despiertan cuando tienen hambre. Observamos unos días más allá y muchos bebés lloran al ser colocados en una cuna, o bien se despiertan al poco rato de ser colocados en ella. En cambio, si son llevados en brazos o junto al cuerpo pueden pasarse horas durmiendo apaciblemente.
Muy pronto, en ocasiones ya al nacer, se les empieza a alterar su sabiduría instintiva. Se les da un chupete cuando lloran, se les retira del pecho cuando llevan demasiado rato o se han dormido, se les convence de que una superficie plana es el mejor sitio para dormir. Empieza ahí, en mi opinión, un proceso larguísimo de ir alejando a los bebés, más tarde a l@s niñ@s de un saber innato que al llegar a la edad adulta hemos perdido por completo.
Confiar en nuestros bebés es la mejor guía para cuidar de ell@s. Confiemos en que se retirarán del pecho cuando su hambre -física o emocional- esté saciada. Confiemos en que no van a llorar por capricho, sinó como expresión de alo que pasa.
Esta confianza puede enseñarnos muchísimo. Ellos saben, mejor que nadie, lo que les conviene, pero hay que estar dispuestos a escuchar, observar y ser pacientes.
Muy pronto, en ocasiones ya al nacer, se les empieza a alterar su sabiduría instintiva. Se les da un chupete cuando lloran, se les retira del pecho cuando llevan demasiado rato o se han dormido, se les convence de que una superficie plana es el mejor sitio para dormir. Empieza ahí, en mi opinión, un proceso larguísimo de ir alejando a los bebés, más tarde a l@s niñ@s de un saber innato que al llegar a la edad adulta hemos perdido por completo.
Confiar en nuestros bebés es la mejor guía para cuidar de ell@s. Confiemos en que se retirarán del pecho cuando su hambre -física o emocional- esté saciada. Confiemos en que no van a llorar por capricho, sinó como expresión de alo que pasa.
Esta confianza puede enseñarnos muchísimo. Ellos saben, mejor que nadie, lo que les conviene, pero hay que estar dispuestos a escuchar, observar y ser pacientes.
sábado, 23 de abril de 2011
De nuestra "mamiferidad"
Dejadme explorar libremente una sensación, sin que haya necesidad de poner nombres a las cosas ni escribir en forma de artículo.
Somos mamíferos y eso, si bien antes de ser madre me parecía poco relevante, al tener a mi primera hija se me presentó como algo esencial.
Cuando alguien se acercaba a mi bebé, todo mi cuerpo se ponía en alerta, sobre todo los primeros días. No toleraba demasiado la idea de que alguien la cogiese en brazos. Digo la idea, y no el hecho, porque no dejé que la cogieran hasta más adelante. Un hecho curioso que me hizo notar mi "mamiferidad", que exhudaba por todos los poros de mi cuerpo, fue identificar que la sensación amenazante era mayor cuanto más distante era mi relación con la persona que quería cogerla. Si bien encontré bastante natural cuando mi hermana, que prácticamente me crió a mí, la tomó en brazos al tercer día de haber nacido; a cada intento de algún miembro de mi familia política de hacer lo mismo, me asaltaba la intranquilidad. Es natural. El vínculo que nos une a las personas que forman nuestra familia política es puramente accidental. Podríamos no haberlas conocido nunca. Al nacer un hijo que lleva genes de éstos que fueron antes unos desconocidos se crea una tensión. Por un lado, los familiares del padre de la criatura sienten que el nuevo ser es de su clan. La madre, en cambio, que los siente como desconocidos, desearía que se mantuviesen más lejos. Y ahí se genera una contradicción que a menudo es vivida por la madre como malestar. Malestar ante una sensación que le viene de nuevo y la hace sentir más loba o leona que humana. Malestar ante el malestar del padre de la cría, quien sí tiene vínculos genéticos con los que la madre siente como amenaza y que además no ha pasado por la brutal experiencia mamífera que generalmente supone un parto. El padre no siempre comprende fácilmente la sensación de la madre. Malestar, en definitiva, porque lo que estaría bien visto desde un punto de vista de nuestra cultura humana occidental -dejar que otros toquen y cojan al bebé, etc.- se siente como algo impuesto, artificial y amenazante.
Las sensaciones de amenaza y posesión, aquello que en nuestro origen mamífero fuera protección instintiva de la cría, pueden resultar incomodantes. Nuestra sociedad tiene enraizada una forma de maternar mucho más basada en una racionalidad de la que no entiende la mujer recién parida. Lo primero y lo segundo pueden hacer fácilmente que la madre se sienta mal, como si a cada momento la acechase un peligro u otro.
Somos mamíferos y eso, si bien antes de ser madre me parecía poco relevante, al tener a mi primera hija se me presentó como algo esencial.
Cuando alguien se acercaba a mi bebé, todo mi cuerpo se ponía en alerta, sobre todo los primeros días. No toleraba demasiado la idea de que alguien la cogiese en brazos. Digo la idea, y no el hecho, porque no dejé que la cogieran hasta más adelante. Un hecho curioso que me hizo notar mi "mamiferidad", que exhudaba por todos los poros de mi cuerpo, fue identificar que la sensación amenazante era mayor cuanto más distante era mi relación con la persona que quería cogerla. Si bien encontré bastante natural cuando mi hermana, que prácticamente me crió a mí, la tomó en brazos al tercer día de haber nacido; a cada intento de algún miembro de mi familia política de hacer lo mismo, me asaltaba la intranquilidad. Es natural. El vínculo que nos une a las personas que forman nuestra familia política es puramente accidental. Podríamos no haberlas conocido nunca. Al nacer un hijo que lleva genes de éstos que fueron antes unos desconocidos se crea una tensión. Por un lado, los familiares del padre de la criatura sienten que el nuevo ser es de su clan. La madre, en cambio, que los siente como desconocidos, desearía que se mantuviesen más lejos. Y ahí se genera una contradicción que a menudo es vivida por la madre como malestar. Malestar ante una sensación que le viene de nuevo y la hace sentir más loba o leona que humana. Malestar ante el malestar del padre de la cría, quien sí tiene vínculos genéticos con los que la madre siente como amenaza y que además no ha pasado por la brutal experiencia mamífera que generalmente supone un parto. El padre no siempre comprende fácilmente la sensación de la madre. Malestar, en definitiva, porque lo que estaría bien visto desde un punto de vista de nuestra cultura humana occidental -dejar que otros toquen y cojan al bebé, etc.- se siente como algo impuesto, artificial y amenazante.
Las sensaciones de amenaza y posesión, aquello que en nuestro origen mamífero fuera protección instintiva de la cría, pueden resultar incomodantes. Nuestra sociedad tiene enraizada una forma de maternar mucho más basada en una racionalidad de la que no entiende la mujer recién parida. Lo primero y lo segundo pueden hacer fácilmente que la madre se sienta mal, como si a cada momento la acechase un peligro u otro.
miércoles, 20 de abril de 2011
Lo que a mí me ha funcionado
En los inicios de relación con mi bebé no me planteaba en ningún momento el tan temido cuento de "si se acostumbra a... luego siempre querrá...". De hecho, toda la parafernalia del "si se acostumbran" me parece una soberana tontería. El ser humano es un animal muy adaptable, me parece a mí. Cuanto más los cachorros de humano... En fin, que no me daba ningún temor cuando voces consejeras alguna vez me habían dicho, con cierto tono involuntario de superioridad: "Ah, es que la habéis acostumbrado a dormir en brazos." En realidad, por una cuestión de matices, más que en brazos era al pecho que se dormía, y claro, como de día no nos ibamos a ir estirando por ahí, lo que esas voces consejeras veían era que se dormía en brazos. Haré un alto para decir que una vez dormida, la dejaba en brazos, a no ser que tuviese que hacer algo urgente que requiriese los dos brazos. Por la noche, cuando los opiniólogos están en sus casas y no nos ven, mi hijita se dormía al pecho pero ya estirada en la cama, por lo que era muy fácil salir de puntitas de la habitación y la noche estiraba su manto.
A punto de llegar a los cuatro meses, mi hija acaba de mamar y se retira tranquila. Le canto una canción y en un santiamén se duerme feliz y solita. Esta experiencia me confirma, de alguna manera, que el temor de que los bebés se acostumbren a algo es infundado. Tal vez somos los adultos los que necesitamos que se acostumbren a algo (cuna, chupete, etc.)...
A punto de llegar a los cuatro meses, mi hija acaba de mamar y se retira tranquila. Le canto una canción y en un santiamén se duerme feliz y solita. Esta experiencia me confirma, de alguna manera, que el temor de que los bebés se acostumbren a algo es infundado. Tal vez somos los adultos los que necesitamos que se acostumbren a algo (cuna, chupete, etc.)...
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